Felipe Martínez Salazar / Giselle Melchor
Foto: Lorena Martínez
Tenía apenas trece años cuando decidió levantar la voz —y los zancos— en un terreno donde nunca antes una mujer había sido vista como igual. Marina Ortiz Martínez no sabía de límites, pero sí del peso de la tradición y del filo de un machete. Fue precisamente con uno de esos que José Mendoza, el entonces líder de la Danza de los Zancudos en San Pedro la Reforma, llegó hasta su casa a amenazarla. Su “falta” había sido organizar el primer grupo de Zancudos encabezado por una mujer en la Villa de Zaachila.
La violencia, en este caso, no era sólo simbólica: era concreta, directa, con nombre, rostro y arma. La escena fue tan real como absurda. ¿Cómo podía poner en peligro el tejido cultural de un pueblo una adolescente decidida a bailar? La respuesta está en la estructura de poder detrás de muchas tradiciones, donde la danza, el ritual y la comunidad eran monopolizados por los hombres.
Fue su abuelo Delfino quien puso un alto al primer embate. Enfrentó a Mendoza y logró que cesaran las amenazas. Lo que debía ser una danza tradicional, se convirtió en una trinchera. El grupo de Marina se disolvió, pero no sin dejar en la memoria del pueblo una semilla.
Marina comprendió algo crucial: la Danza de los Zancudos, más que una coreografía ancestral, es el espejo de una comunidad, y como todo espejo, también puede deformar. En San Pedro la Reforma, José Mendoza había moldeado esa imagen a su conveniencia. Pero con su breve paso —y sus pasos firmes— Marina puso de relieve dos verdades incómodas: que la cultura no pertenece a una sola persona, y que las mujeres no están condenadas a los márgenes de estereotipos.
La historia no terminó ahí. Marina, como miles de oaxaqueñas, migró al país del norte en busca de un futuro posible. Hoy enfrentando las duras políticas migratorias del gobierno de Donald Trump, sobreviviendo a la exclusión, al miedo constante y al racismo cotidiano. Y aun así, resistiendo con lo que tiene: su inteligencia, su constancia y su deseo de transformar el mundo.
Hoy, con orgullo, Marina Ortiz ha concluido su doctorado en Biología Molecular en la Eastern Washington University, destacando en un campo de la ciencia que ha sido históricamente dominado por hombres. Su logro no es sólo académico, es también político y cultural: demuestra que la raíz zapoteca florece en cualquier tierra cuando es cuidada con dignidad.

