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¿Para qué estudiamos? La educación como creación de capacidades y agencia en Oaxaca

Escrito por Redacción Diario El Fortín
lunes 1 de septiembre, 2025
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Por: Mtro. Juan Carlos Chávez Martínez

En Oaxaca, hablar de educación no es un ejercicio retórico: es tocar la fibra más sensible de nuestra vida social. Estudiar no debería entenderse solo como un medio para conseguir empleo o para escalar en la estructura económica, sino como el proceso de ampliar nuestras capacidades y fortalecer nuestra agencia, es decir, la posibilidad de tomar decisiones libres y con sentido sobre nuestra propia vida.

La teoría de las capacidades, desarrollada por Amartya Sen, nos recuerda que el desarrollo no puede reducirse a indicadores de ingreso o a cifras macroeconómicas. El verdadero desarrollo ocurre cuando las personas tienen opciones reales para vivir la vida que valoran. Y la educación es la condición más poderosa para que esas opciones existan. En Oaxaca, donde persisten desigualdades históricas y profundas, la educación se convierte en la llave que abre horizontes de libertad.

Estudiar significa adquirir habilidades cognitivas y técnicas, pero también cultivar el pensamiento crítico, la creatividad y la confianza para ejercer la voz propia. Cuando un joven comprende las matemáticas, no solo resuelve problemas de cálculo; desarrolla una capacidad que puede trasladar a la gestión de recursos, a la toma de decisiones y al fortalecimiento de su comunidad. Cuando una niña lee en su lengua originaria y en español, no solo adquiere conocimientos: fortalece su identidad y expande su participación en un mundo diverso.

En Oaxaca, este enfoque cobra especial relevancia. El reto no es únicamente llevar a los niños a la escuela, sino garantizar que lo que ahí aprendan les dé poder real sobre su futuro. Para ello, se requieren maestros preparados y valorados, infraestructura adecuada que dignifique el aprendizaje, y políticas que reconozcan la riqueza cultural y lingüística del estado. Se necesita un currículo pertinente, que no reduzca la enseñanza a la memorización, sino que desarrolle capacidades para la vida: pensamiento crítico, conciencia ambiental, habilidades digitales y participación ciudadana.

Pero las capacidades no florecen en el vacío. Requieren un entorno que las potencie. Por eso la educación en Oaxaca debe ser también una construcción colectiva: las familias, las comunidades y las instituciones deben trabajar juntas para que lo aprendido en la escuela tenga sentido y aplicación en la vida cotidiana. Así, la educación deja de ser un proceso aislado y se convierte en una red que fortalece la agencia individual y comunitaria.

Cuando la educación se concibe como ampliación de capacidades, su impacto trasciende lo económico. No se trata solo de movilidad social, sino de movilidad humana: de pasar de la marginación a la ciudadanía plena, de la dependencia a la autonomía, de la resignación a la libertad de elegir. Esa es la verdadera promesa de estudiar: no simplemente escapar de la pobreza, sino construir vidas con dignidad, arraigo y futuro.

Oaxaca necesita esa visión. Mientras haya comunidades donde los jóvenes abandonan la escuela por falta de oportunidades, estaremos negando capacidades; mientras una niña tenga que dejar sus estudios por un matrimonio temprano, estaremos arrebatándole agencia; mientras la educación siga atrapada en inercias burocráticas, el derecho a aprender seguirá incompleto.

Estudiamos, entonces, no solo para ascender socialmente, sino para crear capacidades que nos permitan imaginar y decidir el rumbo de nuestras vidas. Estudiamos para ser agentes de nuestro propio destino y para transformar la realidad de nuestras comunidades. En Oaxaca, esa tarea es urgente: porque la educación, entendida como libertad y como posibilidad de agencia, es el camino más sólido para dejar atrás la desigualdad y abrir paso a un futuro donde cada persona pueda vivir la vida que valora.

Y aquí emerge una responsabilidad ineludible: quienes están al frente de las instituciones educativas no solo administran presupuestos o diseñan programas; cargan con un triple compromiso. Un compromiso social, porque de sus decisiones depende el destino colectivo; un compromiso moral, porque no hay mayor deber que garantizar el derecho a aprender; y un compromiso personal, porque cada acción, cada omisión, deja huella en la vida de miles de niñas y jóvenes que esperan que la educación les abra las puertas de un futuro distinto.

Fortin